Caso Nicaragua: Carta abierta al Secretario General de la OEA

Escritora y poetisa Gioconda Belli. Foto: Andrea Margarita.

Gioconda Belli.-  Estimado Señor Luis Almagro: Comprendo que sea difícil para usted asimilar que Daniel Ortega, uno de los nueve dirigentes de la Revolución Sandinista, se haya convertido en dictador.

La hermosa gesta de nuestra revolución opaca la mirada de quienes aún piensan que el FSLN que retornó al poder en 2007 en Nicaragua, es el mismo que apoyaron en los setentas y ochentas.

Por desgracia este espejismo confunde a quienes imaginan que en Nicaragua hay una izquierda que merece su apoyo. La mampara de los símbolos los ha llevado a ignorar en nombre de la ideología los hitos que han revelado la verdadera naturaleza de Daniel Ortega, un hombre que ha cedido sus principios en afán de conservar el poder absoluto que ostenta. Su gobierno ha sido, sin duda, muy hábil en disfrazar las maniobras que le han permitido un dominio total sobre el Estado nicaragüense y sus instituciones.  Tan es así que hasta usted parece negarse a las evidencias de su actual desgobierno.

Yo creo, don Luis, que sus llamados a la legitimidad democrática de unas elecciones no son censurables. Usted, como secretario de la OEA tiene razón de defender esos mecanismos civilizados y desear que esta crisis se solucione con elecciones. Pero usted debe también abrir un poco el entendimiento para ver con quién está tratando. Quiero llamar su atención señor Almagro, sobre hechos que muestran la naturaleza del Daniel Ortega, que ha sido capaz, desde el 18 de abril, de mandar a disparar contra manifestantes desarmados, causando la muerte de más de 120 personas en 48 días de protestas pacíficas en nuestro país.

Ortega y Murillo han desatado una campaña de odio. Paramilitares, fuerzas policiales y anti-motines son enviados cada noche con licencia para matar, a sembrar el caos. No es la primera vez que sucede. Desde 2008, esta táctica de lanzar pandilleros contra las demostraciones de descontento ciudadano la hemos vivido en carne propia muchos nicaragüenses. Hemos sido vapuleados mientras la policía observaba y garantizaba la impunidad de estos ataques violentos. Así, mediante el miedo, controlaron nuestros gobernantes durante estos once años las calles del país.

Ahora las quieren recuperar haciendo lo mismo. Excepto que esta vez la gente ha perdido el miedo. La extendida y constante presencia del pueblo en las calles, a pesar de estos castigos y asesinatos cotidianos, ha llevado al Orteguismo a perder toda mesura y a recurrir a falsedades para encubrir su responsabilidad. En un país que ha estado en paz, el más “seguro” de Centroamérica, el eufemismo de llamar “bandas delincuenciales” a quienes protestan es su manera de permitirse licencia para agredirlas y tratarlas como criminales. La gente se defiende con piedras y morteros caseros. Se les ataca con matones pagados y personal que porta armas militares y que tiene la pericia y los fusiles Dragonov de francotiradores que matan a sangre fría.

¿No ve usted acaso en ello la repetición del guion venezolano donde se manda a saquear y a hacer desmanes a grupos de matones para acusar luego a los que reclaman democracia? Eso mismo está sucediendo en Nicaragua. No en balde Daniel Ortega es aliado incondicional de Venezuela y también de Cuba, dos países que usted califica de dictadura.

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